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LA CHICA DEL 9º A (AHHH...) Gay, travesti. Se llevo una grata sorpresa con su ardiente vecina.

Siempre me había excitado esa hembra. Con una cinturita que se quebraba, al
aire. Esos enormes pechos que se bamboleaban al caminar, queriendo escaparse
de sus ajustados top de lycra. Esas provocativas minifaldas que mostraban
sus piernas perfectas, bien formadas... tan, pero tan largas... infinitas
desde los pies, calzados siempre en tacos aguja. Y esto, hacía que su culito
se elevara hasta alcanzar el cielo, y la erección de toda polla que sea
digna de todo macho cabrío que posara sus ojos sobre semejante monumento.

Sabía que vivía en el edificio de la esquina, había averiguado donde
habitaba, en el 9º piso, departamento A. Sabía que llevaba hombres a su
casa, pero que no tenía un novio fijo, según confesó el encargado del
inmueble, que estaba tan alzado como yo, a pesar de su avanzada edad.

Todas las tardes, me enloquecía al ver su figura, paseando provocativamente
su insignificante caniche toy, un minúsculo perro de lanas blancas. Los
hombres giraban y le decían cosas, pero ella inmutable, con su cara
escondida entre la larga y esponjosa cabellera color castaño oscuro. Nunca
pude ver bien su cara, pero me la imaginaba impecable, hermosa, una muñeca.
Además... estaba muy ocupado en disfrutar de otras zonas, mucho más
interesantes.

Todos los días, alrededor de las seis de la tarde, sacaba su perrito, y yo
tenía siempre alguna excusa para verla pasar, pero nunca me atreví a decir
nada, ni siquiera a saludarla. Ella aparentaba que no me veía, y yo ahí, al
palo. Corría un sudor frío, imaginando el color de sus pezones, su clítoris
depiladito, en cuantas posiciones la pondría si tuviera semejante bombón en
mi cama. Y apenas la veía doblar la esquina, yo volvía a mi casa, a hacerme
una reverenda paja.

Una tarde, como todas, la estaba esperando, pero ella no aparecía. Y
siguieron varias tardes, sin que tuviera noticias de ella. Temiendo que algo
le hubiese pasado, me acerqué al edificio, tratando de entablar conversación
con el viejo encargado, y él solo me dijo que hacía varios días que no la
veía, que quizás se hubiese tomado algunos días de vacaciones. Estaba
escuchando esto cuando la puerta del ascensor se abrió y salió ella, tan
increíblemente hermosa como siempre, con su perrito caniche toy. La tenía
frente a mí, con esos enormes senos enfundados en un top rojo, ajustadísimo,
por lo que pude notar la ausencia de sujetador. Sus pezones aparentaban un
gran tamaño, y el botón se marcaba impresionantemente bajo la tela. Dios
mío, me quedé boquiabierto.

-Buenas tardes, Manuel. -Saludó ella al viejo.
-Buenas tardes -dijo el- Hace días que no la veía. Justamente, el caballero
estaba preguntando por usted.

Lo que dijo el viejo me dejó helado. Jamás nos habíamos dirigido la palabra,
y ahora ella estaba clavando sus ojos verdes en mí. Su cara estaba demasiado
producida, aunque no tenía los labios pintados ni sombras en los párpados,
se notaba una máscara de maquillaje sobre su piel, se parecía a una gran
muñeca Barbie, con sus cejas perfectamente delineadas, grandes pestañas,
pómulos pronunciados, no podría decir una edad exacta, era demasiado linda y
a la vez, extraño su semblante... pero su cuerpo... era alucinante. En ese
momento se me ocurrió pensar que podría tener unos 30 años, y que que quizás
sus tetas estaban plagadas de silicona, pero la verdad, mucho no me
importaba. Estaba al palo de nuevo, con sus ojos de gata verde clavados en
mi cara de desconcierto, por la sorpresa y por lo que dijo el viejo.

Ella sonrió.

-Ya conozco al caballero, Manuel. Lo veo todos los días, cuando saco a
pasear a Firulais. Pobre Firulais, estaba enfermita todos estos días, y mami
no la sacó a pasear... -dijo la chica, mirando a la perrita, cuyo nombre
ahora sabía. Pero yo no pronunciaba palabra.

-¿Me acompañas? -dijo la hembra... y yo solo asentí. Paseamos en silencio a
Firulais, yo no decía nada, pero me sentía caminando torpemente al lado de
ese bombonazo. Hizo el camino de costumbre, llegó hasta la otra esquina,
miró a otro lado cuando la perrita hizo lo suyo sobre una mata de césped, y
se volvió hacia el edificio de la esquina. Y yo siempre al lado, sin
pronunciar palabra.

-¿Te gustaría tomar algo en mi departamento? -me dijo ella. Yo no lo podía
creer.

Los nueve pisos por ascensor se hicieron lentísimos. En todo el trayecto,
ella paseó su vista desde la botonera del ascensor hasta su caniche, y luego
me recorrió a mí, desde los pies hasta clavarse en mis ojos. Sonrió
maliciosamente, mientras me dijo entre dientes:

-La verdad, no sé que te gustaría probar...

Y el ascensor no había llegado aún al séptimo piso, cuando sentí la mano
libre que no sostenía la correa de la mascota... magreándome el paquete.
Dios mío, yo no podía creerlo. Le tomé la mano, sorprendido, y me quedé con
mis dos manos, tomándole la suya, cuando el ascensor se detuvo.

-Es aquí.

Salimos del ascensor, tomó unas llaves y abrió la puerta del departamento.
Miré su ajustadísima falda y no tuve reparos, le apoyé mi bulto en el culo.
Ella se detuvo unos segundos antes de abrir la puerta, y frotó su culo
contra mi pija. Y dijo:

-Delicioso, papi.

Ni bien entramos a su departamento, la tomé por la cara y le di un beso
profundísimo. Ella me tomó por la espalda, y me devoró con su lengua de
fuego. Yo sentía sus pechos contra mi pecho, y creía que estaba por
explotar. Me alejó un segundo, y se desprendió del top por sobre su cabeza.
Sus pechos eran mucho más grandes, mucho más hermosos, mucho más duros,
mucho mas gloriosos de los que creía. Si ya eran enormes, ahora eran
gigantes. Y no me había equivocado sobre sus pezones, como dos tortillas,
apuntándome hacia la cara. Los devoré, mientras la tomaba de la cintura.
Ella mientras tanto, jadeaba, y me sacaba la camisa, luego el cinto, luego
los pantalones. Las medias y los zapatos volaron, mientras ella se
descalzaba sus tacos aguja... y mi slip voló, mientras ella frenéticamente
se metió mi palo en su boca, estimulándome las bolas con su mano, y con la
otra agarrándome las nalgas con firmeza, como para que no sacara nunca mi
miembro de su deliciosa boca.

Sí que sabía chupar la muy puta, se la tragaba toda, hasta el fondo, como a
mi me gustaba. Y con su lengua jugaba y me acariciaba el glande de una
manera espectacular. También me chupaba las bolas, y con tanta pasión lo
hacía que creía que iba a explotar.

Instintivamente, la tomaba de los pelos, para simular que le follaba la boca
manteniendo un ritmo con su cabeza, pero ella se soltó y me fue recorriendo
el estómago y el pecho con besos. Cuando me besó, y sentí el gusto a mi
propia pija que provenía de su boca, quise sacarle la braguita, pero me dijo

-No, no, es uno de esos días... dame por el culo, papi.

Yo no podía creerlo. La di vuelta, mientras le masajeaba los pechos
gigantes, y se la apoyé en el culo, que por cierto, era magnífico. Era mucho
más hermoso que los pechos mismos, pero yo no podía creer que le estaba
dando a semejante hembra. Le arranqué las bragas, se puso en cuatro,
gritándome.

-Dame así, metela, en seco, no aguanto más, damela, damela...

Yo temía lastimarla, sin lubricación, y fui bajando con besos para comerme
ese ano delicioso. No me importaba mancharme con sangre la boca, si estaba
menstruando, pero... ¡NOOO!

Cuando llegué a su ano, vi como colgaba algo enorme y flácido entre sus
piernas. Era un pene descomunal, la chica era un travesti...

-Dame, por favor, rómpeme el culo, no te detengas... después te explico.

La sorpresa no pudo superar la calentura del momento, y reincorporándome,
con cierto morbo, le clavé la tranca que se perdió en su ano calentito.

Empecé a bombear, como loco, ella en cuatro patas, yo arrodillado sobre la
cama, dándole. Me recosté un poco sobre ella, mientras aceleraba el ritmo,
tomándole los pechos que colgaban con mucha firmeza. Y se la clavaba con
salvajismo, con brutalidad, se la sacaba entera y se la ponía entera, ella
(o él) gritaba de dolor, de placer.

-Dame, así... asiiii.... acábame, hijo de puta, acabadme....

No lo dude, le descargué todo adentro, y caí rendido a sobre sus espaldas,
con mi picha en el interior de su culo roto.

-Quietecito, no te me salgas, que ahora viene lo mejor.
-¿Lo mejor? -dije yo.

Y en eso siento a su caniche toy, husmeando entre mis nalgas, y luego
lamiendome el ojete.

-Está entrenado, déjalo, le encanta el gustito a mierda.

Y me lamía, deliciosamente. Nunca me habían lamido el culo, y mucho menos
una perrita. Y se me empezó a parar, dentro del culo del travesti. Era
hermoso... era impresionante... y el tipo que encima suspiraba, jadeaba...

-Que grande que la tienes... como me gusta... que rico se siente adentro de
mi culo, tan grandota...

Y yo empecé con el mete y saca de nuevo. Le di, duro, parejo, estaba por
acabar de pronto, cuando el travesti se liberó de mí, se dio vuelta y me
dijo:

-Acábame en mi cañón, papi.

Lo que vi me impresionó. Su miembro estaba parado, y era sinceramente
enorme. Su glande estaba rozando el mío, pero era mucho más grueso y largo
que el mío. No miento si digo que tendría unos 23 centímetros, el mío era
normalito, de unos 18 centímetros. Yo no sabía que hacer, pero me envolvió
con sus piernas, logrando que mi pecho quedara atrapado entre sus pechos
artificiales que lo hacían mujer, y mi pija durísima sobre su pija enorme y
más dura, que lo hacían más hombre que yo. No sé porque, pero me froté sobre
él, mientras jadeábamos los dos. Y le descargué mi semen sobre su gigantesca
polla, separándome un poco para ver el espectáculo. No se cuantos borbotones
de leche habrían saltado sobre su pija y estómago, pero se untó las manos
con todo el semen que pudo encontrar y lo desparramó sobre su cañón y
mirándome me preguntó:

-¿Crees que estará suficientemente lubricada?

Yo no entendí para qué, pero temí lo peor, algo diabólico. De pronto,
parecía cobrar fuerzas, muy superiores a las mías. Yo estaba agotado,
después de tanta excitante lucha, aunque apenas fueron dos rounds. Me dio
vuelta sobre la cama, puso un almohadoncito bajo mi vientre, y me dijo.

-Quietecito, papi... mami quiere disfrutarte.

Yo estaba muy asustado, pero excitado al mismo tiempo. Siempre me había
preguntado que sentirían las mujeres cuando se la clavaban por atrás, y
también me preguntaba porque había tantos putos sobre la tierra... y ahora
estaba a punto de comprobarlo.

-AAAAHHHGGGGG.... hija de putaaaaaaaaaaaaaaaa....!!!!

Me la clavó sin compasión, hasta el fondo. Por suerte, la lubricación que la
caniche le dió a mi culo más el semen desparramados sobre la pistola de mi
amante, hicieron la penetración dolorosa, pero placentera al mismo tiempo.
Se quedó un rato, esperando que mi culo se fuera dilatando, amoldando a su
bien dotado miembro. Y luego empezó con el mete - saca.

-Hija de puta, dame más... me encanta.... acábame... que lindo ser cojido...
ahhhh...

Y el travesti me sodomizó, acabó una vez en mi espalda y dos veces más en
mis entrañas. La última vez estaba agotadísimo, por suerte, y con cierta
pena para mí, claro. Sentí como su pistola se iba achicando, hasta hacer un
plop! y salir de mi culo abierto en flor, recién inaugurado.

En agradecimiento, se la quise chupar un poquito, pero no me dejó. Me
susurró al oído.

-Me dicen Zulema, pero me llamo Carlos. Eres un divino, pero en un rato
vienen algunos clientes, que nunca me satisfacen como lo has hecho recién.
¿Nos vemos mañana, amor?

Desde ese día, Carlos y yo somos novios. Soy la envidia del barrio para los
hombres, y si las chicas supieran el GRAN secreto, seguramente también me
envidiarían. Carlos además me mantiene, así que yo le cuido la casa, le hago
la comidita, le lavo la ropa, pero eso sí: nunca, por suerte, nunca, saco a
pasear a Firulais. ¿A ver todavía si piensan que soy puto?

 

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