Orgia inesperada. O como un viaje de
estudios puede ponerse muy muy caliente |
Mirna y yo habíamos terminado cinco meses atrás, para frustración
de mi vida sexual y de mi vanidad, porque nunca he tenido mujer más
bella y me hacía sentir grande, muy grande, pasear por la Universidad
con ella de la mano, y porque cogía como las diosas; pero para
descanso de mi espíritu, porque los ocho meses que duró
nuestro noviazgo formal fueron una tormenta permanente.
Mirna era, es, como una princesa de El Palacio de Hierro, salvo por la
estatura, porque medía 1.63 o 1.64. Fuera de eso, podía
haber salido en cinemex en esos anuncios: su carita parecía sacada
de un cuadro de Boticelli, y es delgada, de muy buen cuerpo y, sobre todo,
tiene una mirada ardiente, que asoma tras sus verdes ojos cuando ella
así lo quiere, por entre sus largas pestañas. Imagínensela.
Durante tres meses nos esquivamos con éxito, pero cuando empezó
el siguiente semestre (último) coincidimos en una clase fundamental,
y aunque apenas nos dábamos los buenos días, me dolía
verla. Así, pasaron dos meses hasta que salimos de viaje de prácticas,
quizá unos 75 chavos en dos camiones, con tres profesores, a algún
lugar del sureste mexicano. El viaje duró seis días y cinco
noches y marcó mi último encuentro con Mirna, el último,
pero el más heterodoxo, ni duda cabe.
Yo compartí cuarto, en los hoteles en que paramos, con Raúl,
un buen amigo (por cierto, he contado alguna historia suya en ésta
página), que era uno de los más chupamaros de mi grupo de
camaradas -ninguno abstemio, no-, así que ya sabía que,
a menos que se ligara una chavita, cosa no tan fácil, estaría
todas las noches en el cuarto del “escuadrón suicida”
(cuatro tíos que compartían habitación, a los que
les decíamos así por su manera de beber hasta caer, y olé).
Yo tenía la mira puesta en Angélica, una buena y querida
amiga, pero la vista de Mirna, sentada unos lugares delante de mí,
me hizo olvidarlo todo.
La primera noche, volviendo del trabajo que había que hacer, no
lo vi por ningún lado y tuve que ahogar penas con el escuadrón
suicida, pero el segundo día la seguí, platicamos, nos tiramos
varias indirectas y, como era de esperarse (donde hubo fuego, dicen),
terminamos follando como desesperados. Ella no se, pero yo, en esos cinco
meses, sólo había tenido una más de mis reincidencias
con Ariadna, y estaba que reventaba. Yo sabía, y ella también,
que lo nuestro no tenía futuro, pero mi cuerpo tenía sed
del suyo (¿por qué no podíamos ser sólo amantes?,
¿por qué contaminar el sexo con tanto rollo?), de la curva
de su cintura, de la flexible dureza de sus muslos, del brillo mate de
su estómago, de la húmeda cavidad del sexo, de sus ojos
mirándome, muy abiertos, en el instante anterior al orgasmo.
Al día siguiente, en una hermosísima ciudad semiselvática,
discutimos como en los viejos tiempos, hasta que la convencí de
que no regresaríamos, pero que ya en vacaciones, había que
disfrutar, que despedir nuestros cuerpos, y ella accedió, y esa
noche volví a gozarla, no con la urgencia de la víspera,
pero con igual hambre, y como la víspera, ella se fue antes de
que llegara Raúl.
Todo hubiese podido quedar ahí, pero la cuarta noche, en vez de
retirarnos discretamente, las amigas de Mirna nos jalaron a su habitación,
donde bebimos tres o cuatro cubas y fumamos un par de porros. Yo era el
único varón del cuarto, y las chicas contaban historias
bastante subiditas de color y todos moríamos de risa y, finalmente,
Mirna se despidió diciendo que allá ellas, que se quedaran
con el paliqueo, y que ya nos íbamos a ejercer. Riendo aún,
entramos en la habitación, pero la tardanza, las cubetas, la mota,
la excitación palmaria que la plática de las chicas me había
provocado, hicieron que se me olvidara colocar el mensaje “no molestar”
convenido con Raulito.
Aquella vez, Mirna estaba en cuatro patas, con la cara vuelta hacia la
puerta, y yo dándole desde atrás, cuando Raúl entró,
con una buena dosis de alcohol encima, pero lejos aún de la borrachera.
Raúl se nos quedó viendo, y tras el shock inicial, amagó
dar media vuelta para salir musitando “perdón”, pero
Mirna se salió de donde estaba (yo, al ver entrar a Raúl,
me hinqué y la solté), dejándome sentado, con el
pito al aire y a medio comer, y acercándosele le dijo: “bien,
Raúl, ya que estás aquí, cumple mi fantasía
de tener dos penes a la vez. No creo que Pablo se oponga”, diciendo
esto último sin voltear a verme.
Si Mirna vestida es un bombón, desnuda es espectacular, y me imagino
lo que sentía Raulito viéndola caminar hacia él,
blanca y delgada, con sus pechos pequeños pero bien erguidos, su
cintura de sílfide y sus suaves caderas... viéndola caminar,
descalza, con su paso de gacela, hasta llegar a su lado, y empinándose
sobre las puntas de los pies (Raúl mide cerca de 1.80) rodearle
el cuello con sus brazos y jalarle la cabeza hasta darle un ardiente beso.
Si la escena para mí fue muy larga, para él ha de haber
sido eterna.
Sin voltear a verme en ningún momento, empezó a desabrochar
la camisa de Raúl, mientras él me echaba miradas en que
se mezclaban el deseo y el temor. Yo, resignado, le hice una seña
de inteligencia, y me senté en la cama, con la polla casi en estado
de reposo. Me sentía raro viendo lo que siempre había gozado,
me empezó a gustar verla desde lejos, apreciar su espléndida
figura desvistiendo al azorado Raúl.
Pronto estaba Raúl en cueros, tan flaco como yo (bueno, no tanto),
y con el miembro escandalosamente enhiesto. Mirna se hincó y empezó
a hacerle una mamada de urgencia, y cuando Raúl quiso subirla,
ella dijo “no, mi rey, quiero que la siguiente dures”, y siguió
succionando hasta hacerlo venirse. Entonces, por fin, volteó a
verme, y como era obvio que yo había aceptado tácitamente
la situación, jaló a Raúl del brazo, y al llegar
junto a mi me obligó a acostarme boca arriba, hincó sus
rodillas en la cama y bajó su boca hasta mi pene, ya amorcillado,
y antes de metérselo en la boca, volteó a ver a Raúl
y le dijo: “ándale, mi rey, no seas tímido: gózame,
penétrame por detrás”: así hablaba ella, y
apenas empezaba.
Yo me puse una almohada detrás de la cabeza, y mientras sentía
cómo su lengua me erizaba la polla y sus vellitos, observaba las
maniobras de Raúl en la retaguardia de Mirna. Cuando Raúl
se vino (a pesar del alcohol que tenía adentro y de la mamada precedente:
es que tenía como tres meses sin comerse una rosca y Mirna, ya
lo he dicho, es una princesa), Mirna reptó sobre mi cuerpo, empapada
en sudor, y se metió mi verga en su coño, que escurría
sus fluidos y los de mi camarada. Totalmente acostada sobre mi, con sus
piernas al lado de las mías, empezó a moverse en lentos
y pequeños círculos, tratando de que su clítoris
rozara con mi cuerpo todo el tiempo. Raúl se preparó un
saque de coca, dándose un pericazo, que Mirna, metida en lo suyo,
no vio.
Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo sus movimientos sobre mi
sexo, su estómago y sus pechos sobre mi cuerpo, y sólo cuando
sentí un peso mayor comprendí que mi joven amigo subía.
Abrí los ojos, sólo para ver los de ella abiertos como platos.
Dejó de moverse mientras Raúl le la verga a empujones por
el culo. Pero una vez que se sintió ensartada por ambas cavidades,
reanudó sus suaves movimientos circulares, que yo sentía
además de los martillazos que, desde arriba, Raúl le propinaba.
Nos venimos casi simultáneamente los tres, y yo derribé
la pirámide. Quedamos tendidos en la cama, yo acariciándole
los pechos y dándole largos besos en la boca, mientras Raúl
le sobaba las nalgas. Era bastante tarde y ella estaba quedándose
dormida, cuando Raúl se paró y nos invitó a seguirlo.
Sobre el tocador había quedado su bolsa de coca, y preparó
tres líneas, se metió la primera y nos invitó a secundarlo.
Yo sabía que Mirna había probado la coca, que se metía
ocasionalmente. Yo he de confesar que sólo me había periqueado
dos veces antes, una con Raúl, luego de tres días de borrachera,
y otra con Celia (esa es una historia que otro día contaré
en ésta página), y me encantaba el efecto eufórico
que solía producirme, la euforia y el corte del cansancio y la
borrachera, y aunque al final solía ponerme un poco paranoico,
estaba convencido de que mientras sólo lo hiciera muy de cuando,
en cuando, mantendría a raya el peligro, así que una vez
que Mirna terminó su parte, yo aspiré la mía. Luego
de eso, me quedé unos instantes parado, con los ojos cerrados,
esperando el efecto. Raúl dijo “chúpamela”,
y oí que alguien abría la puerta del baño y que corrió
un poco de agua. Cuando abrí los ojos vi que Raúl estaba
sentado en la cama y Mirna, hincada en el suelo, terminaba de limpiarle
la rígida verga con una toalla empapada. Una vez que lo hubo limpiado,
lo hizo acostarse y empezó a darle unos suaves lengüetazos
en el frenillo y el glande. Estaba en la misma posición que antes
conmigo, con las rodillas hincadas a ambos lados de las piernas de Raúl,
mostrando sus encantos, y verla así, verla chupar, aunados a la
medicina que había tomado, me templaron otra vez. Me subí
a la cama, me ensalivé la verga (no sin trabajos, porque tenía
la boca bien seca), le puse la cabecita en la entrada del culo, y suavemente,
muy suavemente, con su ayuda, se la fui metiendo en el estrecho orificio.
Dejé mi pito reposar un rato en su cavidad, y luego empecé
un violento mete saca que, en pocos minutos, me hizo llenarle su agujero
con un poco de leche (no quedaba mucho). Me eché al lado de ellos,
y Mirna dejó de chupársela a Raúl, para cabalgarlo
nuevamente, haciéndolo venirse rápidamente. Entonces se
tendió a mi lado y dijo: “Raúl: es hora, cabrito,
de que tus jugos regresen a ti”. Abrió las piernas y atrajo
la cabeza de mi amigo a su sexo. Yo la besé –me encanta besar-,
aunque la boca le sabía un poco a semen. Ahí estuve, sobándole
las tetas, besándola, mientras Raúl terminaba su trabajo.
Mirna se vino con un largo suspiro, y dijo que se quería bañar.
Los dejé ahí y fui a preparar la tina. Eran altas horas
de la madrugada pero no tenía sueño, aunque no me creía
capaz de volvérsela a meter. La tina se fue llenando, y yo observaba
el agua subir. No se cuanto tiempo estuve ahí, paro cuando salí,
de manera increíble, los encontré follando, otra vez, ahora
en la posición del misionero, que tanto le gusta a Mirna, ella
con sus piernas flexionadas, rodeando la cadera de Raúl.
Me senté cerca de ellos, a verlos. Pensaba si así me vería
yo cuando se la metía, cuando lo hacíamos en nuestros tiempos
de noviecitos. Era más que agradable verla, con la falsa alteración
importada desde los Andes Peruanos, retorcerse debajo de un varón.
Ver su cuerpo empapado de sudor, todavía capaz de recibir y dar
placer. Yo me acariciaba la adolorida verga, que sólo estaba amorcillada,
y los veía, la veía a ella, más bien. Antes de que
terminaran me adelanté y me sumergí en la tina, y poco después
ellos me alcanzaron. Como no cabíamos los tres, Raúl se
duchó (la regadera estaba a un lado) y se fue a dormir, mientras
Mirna se quedaba conmigo. No hablamos, sólo dejábamos que
el agua nos limpiara, nos relajara. Estuvimos ahí un muy largo
rato, renovando el agua para que no se enfriara.
Salimos. Había un resto de coca y Mirna, brillante en su desnudez,
hizo dos delgadas líneas que aspiramos. “Hoy termina el viaje”,
dijo hoy, porque eran cerca de las cinco de la mañana: dos horas
después estábamos todos citados a desayunar. “Sácate
las últimas ganas, porque no volveremos a hacerlo”.
Volvió a besarme, untando su cuerpo junto al mío. Sus besos
me prendieron otra vez. La acosté delicadamente. Cuando intenté
penetrarla estaba seca, pero la saliva y los empujones me permitieron
llegar al fondo, y la fui cogiendo como la última vez, como la
primera, con la mayor delicadeza, buscando alargar el tiempo, mientras
ella, con la verga adentro, empezó a segregar jugos.
Se paró y se fue: no quería salir de nuestra habitación.
Yo me quedé sentado y, aunque no acostumbro fumar, encendí
un cigarrillo del paquete de Raúl. Dejé que pasara una hora
y lo desperté. “¿Soñé o fue cierto?”,
preguntó.
No quiero contarles cómo empecé a sentirme dos horas después,
ya en el bus. Ahí decidí que no quería más
bajones de coca y menos, mucho menos, si se me iba una mujer como esa.
Pero todo el malestar no compensaban la maravilla de esa larga noche en
vela, ni la delicia que siento siempre al recordarla.
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GENERAL]
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