La entrevista
Representar legalmente a un peligroso criminal podía
ser un triunfo en mi carrera, o el principio de mi degradación
sexual.
|
4LA ENTREVISTA
El camino hacia Los Álamos no te preparaba en absoluto para lo
que allí encontrabas. La carretera era sinuosa y solitaria, con
afilados acantilados bordeando los flancos de la pendiente. La soledad
era casi abrumadora, y el trafico prácticamente inexistente, apenas
un par de coches, tan silenciosos como los ocupantes que los conducían.
Comencé a sentirme nuevamente nervioso. El caso era muy importante
para mi carrera y trate de olvidarme de la belleza de los bosques que
atravesaba para concentrarme en la entrevista que se avecinaba, de la
cual dependería todo.
Los Álamos aparecieron repentinamente en una vuelta del camino.
El edificio era feo y burdo, y desentonaba en la punta de la montaña
como un diente podrido en una boca hermosa. Quien quiera que lo hubiera
diseñado había renunciado a cualquier pretensión
de sentido artístico. Los Álamos era la cárcel de
alta seguridad más famosa del país, donde se recluían
los más peligrosos criminales, con uno de los cuales me entrevistaría
en breves momentos.
Anote sus datos aquí – dijo un joven oficial frente a la
reja de la entrada.
Llené el formulario, a pesar de que ya había solicitado
telefónicamente el permiso para la entrevista. El guardia entró
en la garita con la hoja y demoró veinte minutos en volver. Me
prendió un carnet en la solapa y me indicó el camino. La
verja se abrió electrónicamente y conduje despacio por el
amplio patio de estacionamiento. La siguiente hora fue una sucesión
de trámites y requisitos tan rigurosos que por un momento pensé
que me harían desnudar antes de permitirme ver a mi posible cliente.
Afortunadamente tenían modernos aparatos en los que pudieron verme
hasta las muelas del juicio sin necesidad de quitarme la ropa.
Por fin comencé a adentrarme en los recovecos de Los Álamos,
traspasando pasillos, rejas, controles y más controles que me dieron
la impresión de estar adentrándome en un laberinto sin retorno,
como seguramente sentían todos los reclusos a su llegada. Me asignaron
una sala de entrevistas. Me entregaron un documento que certificaba que
allí no había micrófonos ni cámaras, y me
explicaron que al firmarlo aceptaba los riesgos de una entrevista en esas
condiciones. Podía optar por una entrevista monitoreada, pero mi
cliente había puesto sus propias condiciones.
El guardia se alejó, dejándome solo. La habitación
no tenía una sola ventana. Un cubo vacío de blancas paredes,
con una pequeña mesa y dos sillas atornilladas al piso. Nada más.
Sentí un nudo en el estómago, por fin iba a conocer al famoso
Max Shelton. Había leído tanto sobre él en los diarios
que me parecía casi imposible que en breves minutos fuera a tenerlo
frente a mí. Como si fuera una mítica estrella de rock o
una celebridad de las películas, aunque en este caso mas bien se
tratara de una película de terror. Mi cliente había confesado
por lo menos tres asesinatos. Brutales y sangrientos. Su juicio preliminar
había llenado los titulares de todos los periódicos y los
principales noticieros de la televisión.
Una puerta en el fondo de la sala se abrió. Un guardia, alto y
fornido entró, seguido de Max Shelton. Por fin lo tenia frente
a mí.
Tendría unos 45 años, aunque el pelo, cortado casi al rape,
le hacía parecer mucho más joven. El gesto serio, casi aburrido,
aunque sus ojos, negros y vivaces bajo las espesas cejas parecieron analizarme
casi con el mismo admirado detalle con el que yo lo analizaba a él.
Una nariz casi afilada, algo raro en un hombre de raza negra y una boca
grande de gruesos labios que no sonreían. Mucho mas alto que yo
y por supuesto más fornido. Tenía esposadas las grandes
manos y en cuanto tomó asiento, el guardia esposó sus tobillos
a la silla también. Jamás dejó de mirarme, con el
rostro pasivamente sereno, mientras por el contrario yo me ponía
cada vez más nervioso.
El guardia me preguntó si deseaba que permaneciera con nosotros
durante la entrevista. Los ojos negros de Max me miraron tan duramente
que le indiqué que prefería estar solo con mi cliente.
Tu cliente? – dijo Max en cuanto el guardia abandonó la sala.
Su voz era profunda y grave. Pareció reverberar en la habitación
y quedar vibrando atrapada dentro de las desnudas paredes.
Bueno – me defendí – si decide que mis servicios le
convienen – dije con un hilo de voz.
Max me miró con el asomo de una sonrisa en sus gruesos y carnosos
labios.
Pero si no eres mas que un mocoso con traje de domingo – dijo despectivo.
Me sentí humillado por su comentario, y algo contrariado por que
la entrevista comenzara de aquel modo.
Tengo 29 años – le informé – me recibí
con honores, fui el mejor alumno de mi generación y tengo ya una
buena experiencia litigando en algunos juicios importantes – continué
pomposamente, sin lograr borrarle la odiosa media sonrisa.
Eres casado? – preguntó de pronto, sorprendiéndome.
Si – respondí automáticamente – aunque no entiendo
que importancia puede tener eso – completé.
Max me miró, de nuevo serio, con el seño fruncido, como
si estuviera cavilando otra pregunta más importante.
Te has cogido a tu esposa por el culo? – preguntó finalmente.
Quedé estupefacto. Los colores subieron a mi rostro sin que pudiera
evitarlo, lo cual siempre me ha molestado, ya que soy de piel muy blanca
y en ocasiones así, me avergüenza mostrar ese rubor en mis
mejillas. Seguramente Shelton lo notaba, lo cual me hizo sentir todavía
mas humillado.
Y eso que puede importarle, señor Shelton? – reaccioné
finalmente, en un tono tal vez mucho mas escandalizado de lo que me hubiera
gustado mostrar.
Max sonrió entonces abiertamente. Sus blancos dientes brillando
en su cara morena, echando la cabeza hacia atrás, mostrando su
mandíbula cuadrada y mal afeitada. La voluminosa nuez de Adán
bailando en su garganta.
No te enojes, chico – dijo cuando acabo de reír – sólo
quería saber un poco mas de ti.
Pues no me gustan sus preguntas – dije envalentonado con su disculpa.
Y a mí no me gustas tú – contestó de pronto
furioso – guardia! – gritó – sácame de
aquí!.
No – pedí impulsivamente – no puede hacerme esto.
Hacerte qué? – dijo con tono despectivo.
Juzgarme tan rápidamente – expliqué – sin darme
la menor oportunidad.
Max parecía calibrarme. Yo no sabía que más decirle.
La entrevista estaba muy lejos de ser como la había imaginado.
Guardia! – volvió a gritar Max sin dejar de mirarme.
Nunca – contesté sin atreverme a mirarlo.
Nunca qué? – dijo Max dueño de la situación.
Nunca he penetrado a mi mujer por atrás – confesé
con un hilo de voz.
Max se tranquilizó entonces. Se había salido con la suya.
Ya no volvió a llamar al guardia, y de algún modo, ese momento
definió la forma en que se desarrollaría la entrevista.
Tras el equivocado comienzo, aceptó ser mi cliente, a pesar de
considerarme demasiado joven para representarlo. Le informé entonces
que había obtenido permiso para hacerle dos visitas semanales para
preparar el caso y acordamos la fecha de la siguiente entrevista. Cuando
abandoné Los Álamos, el frío aire de la tarde se
me hizo más precioso y vital que nunca. Regresé a casa confundido.
Por un lado me sentía feliz de haber conseguido un cliente tan
espectacular, que seguramente catapultaría mi carrera a otras dimensiones.
Por otro lado sabía que el precio sería muy alto, sin saber
definir exactamente cuál sería éste.
Mi esposa estaba en casa haciendo las maletas. Sus padres estaban por
celebrar su aniversario y nosotros habíamos planeado viajar a donde
ellos viven para acompañarles en su fiesta. En realidad no creímos
que yo tuviera alguna oportunidad con el caso Shelton, así que
fue una verdadera sorpresa cuando llegué a casa y le conté
a mi mujer que el famoso asesino era mi nuevo cliente.
Felicidades mi amor – dijo abrazándome feliz, pero luego
comprendió que eso significaba que no podría acompañarla
en el viaje, y se entristeció.
No te pongas así – dije besándola – porque
sabes mejor que nadie lo importante que es esto para mí.
Tienes razón – dijo – es una oportunidad que no puedes
desaprovechar. Será mejor cancelar el viaje.
No, amor, tus padres jamás te lo perdonarán – le
recordé – así que ve tu sola y diviértete.
Estas seguro? – dijo cariñosa quitándome la corbata.
Por supuesto – concordé – comenzando a desvestirla.
Caímos en la cama, entre la ropa revuelta y las maletas a medio
hacer. Pronto estuvimos desnudos, haciendo el amor con ansias ante la
próxima separación. Llevábamos apenas tres años
de casados, y el sexo era una parte muy importante de nuestra relación.
Girando en la cama, en cierto momento quedó de espaldas a mí.
Sus bonitas y regordetas nalgas quedaron frente a mi sexo y recordé
de pronto la pregunta de Shelton. Jamás la había penetrado
por detrás, y de pronto se me antojo muchísimo hacerlo.
Sin dejar de abrazarla, busqué con la punta de mi pene la entrada
de su trasero, empujando suavemente al encontrarla.
Qué haces? – dijo ella escandalizada al comprender mis intenciones.
Nada – mentí – no me di cuenta de lo que hacía.
Me asustaste – contestó ella dándose la vuelta y
besándome en la boca – ya sabía yo que no podías
desear hacerme algo tan sucio como eso.
Qué cosa? – pregunté inocentemente.
Nada, mi vida, olvídalo – dijo atrayéndome hacia
su vagina, y la penetré para dar por terminado el asunto.
No pensé en lo sucedido sino hasta verla subir al avión
y regresar a casa. Decidí que Shelton era un buen cliente, pero
eso no le daba derecho a manipularme y que no debía dejarme influenciar
por él. Con esa convicción, saqué los papeles del
caso y me puse a trabajar.
Los trámites para la siguiente entrevista fueron mucho más
rápidos que la primera vez. Media hora después lo esperaba
en la sala de visita. Llegó serio y no abrió la boca hasta
que el guardia abandonó la habitación.
Le gustó? – fue lo primero que preguntó al quedarnos
solos.
Qué cosa? – pregunté a mi vez.
Si te vas a hacer el pendejo conmigo será mejor que cambie de
abogado – concluyó tajante.
Ambos sabíamos de lo que estábamos hablando. Yo no era un
buen contrincante para él y rápidamente claudiqué.
No, no le gustó – contesté -. Ni siquiera me permitió
intentarlo. Dijo que era algo sucio.
Pinche vieja! – dijo Max simplemente – así son todas,
primero dicen que no y luego les encanta que les metan la verga en el
culo.
Me sentí nuevamente incómodo con el tema. Se trataba de
mi mujer. Mi propia esposa, y el muy maldito se atrevía a hablar
de ella como si la conociera, como si se tratara de una vulgar puta. Por
supuesto no me atreví a rebatirle nada, y mi silencio lo interpretó
como complicidad.
Verás – prosiguió – así comenzó
mi relación con Susie.
Susie era una de las mujeres asesinadas por Shelton. La habían
encontrado desnuda y atada en su cama. Violada y estrangulada, con múltiples
lesiones en todo el cuerpo.
Shelton comenzó a relatarme su historia. Me describió los
pormenores de su violenta relación con la mujer, relatándome
con todo detalle, tal vez demasiado detalle, la forma en que se la cogía.
Tenía unas tetas grandes – las negras manos de Shelton dibujaban
en el aire su tamaño – con pequeños pezones que la
muy perra adoraba que le chuparan.
Yo tomaba notas, en silencio, con algunas preguntas de vez en cuando.
Max no necesitaba que lo apremiaran. Contaba todo y hasta daba la impresión
de disfrutarlo.
Entonces la acomodaba boca abajo – me decía – y ella
comenzaba a rogar que no se lo hiciera, pero yo sabía que a la
muy puta le encantaba. Le abría las nalgas para verle el ojo del
culo. Yo sabía que quería que se lo reventara, aunque fingiera
que no.
Las manos de Shelton ahora no dibujaban el aire. Estaban entretenidas
en su propia bragueta, acariciándose un voluminoso bulto bajo el
pantalón del uniforme. Procuraba no mirarlo, fingiendo que no me
daba cuenta de lo que estaba haciendo, pero él sabia que lo miraba,
y yo sabía que lo sabía. Un juego peligroso para el que
por su supuesto yo no estaba preparado.
No puedo evitarlo – confesó de pronto y sin dejar de observarme.
Qué cosa? – pregunté aun sabiendo de antemano su
respuesta.
Excitarme – aclaró, con las manos sobando su entrepierna.
Ya veo – dije mirando sus manos por un par de segundos y volviendo
a mis papeles, tratando de restarle importancia.
Mira – dijo él, y obediente seguí su juego –
tan sólo con recordar a Susie la verga se me para, se me pone dura,
se me levanta, se me pone tiesa.
Sí, sí, ya entendí – dije sin poder quitarle
la vista de encima.
La tela de los pantalones parecía ser tan delgada que el miembro
de Shelton se dibujaba claramente. El bulbo de su glande y el contorno
de su tronco, grueso y temible bajo la tela.
Te molestaría si me la saco? – preguntó mirándome
fijamente.
No supe qué contestar, aunque sabía que de todas formas
él haría lo que le viniera en gana.
Preferiría que no lo hiciera – dije finalmente.
Y yo preferiría que estuviera aquí tu mujercita y me aliviara
esto – dijo apretando el bulto, haciéndolo resaltar mas todavía,
grotescamente vulgar e intimidante al mismo tiempo.
La referencia a mi esposa me molestó bastante. Me puse de pie,
con la firme intención de dejarlo, por muy buen cliente que fuera.
Shelton ni se inmutó. Sonreía viendo mi furiosa turbación.
Toqué a la puerta, alertando al guardia, que vino un minuto después.
Se marcha ya? – preguntó el guardia.
No – contestó Shelton por mí con total tranquilidad
– necesita ir al baño.
El guardia me mostró el camino y lo seguí simplemente. Me
acompañó hasta el lavabo, sin despegarse de mí.
Son las reglas – me explicó – una vez que se le revisa
no puede abandonar la sala sino es compañía de un guardia.
Asentí, todavía incómodo, y no tuve mas remedio que
tratar de orinar para justificar mi necesidad de ir al baño. Me
saqué el pene y para mi sorpresa estaba medianamente erecto. El
guardia no dejaba de mirarme, haciendo todavía mas difíciles
las cosas. Con el pito en la mano, no podía hacer otra cosa que
esperar a que me dieran ganas de orinar.
A veces escuchar otra meada ayuda – dijo el tipo acomodándose
al lado.
Con absoluta desenvoltura se sacó el pene y comenzó a orinar
ruidosamente. Por pura inercia bajé la mirada. Un potente chorro
de orina reventó ruidosamente en la porcelana. Su hombro casi tocaba
el mío. Terminó de orinar y comenzó a sacudirse el
pene. La cabeza brincaba entre sus dedos, y a pesar de que ya ninguna
gota salía, continuó con lo mismo. Su verga comenzó
a engrosarse y la situación comenzaba a salirse ya de todo contexto.
Descubrí mi propio pene endureciéndose, y avergonzado me
subí la cremallera. El guardia sólo sonrió y me acompañó
de regreso a la sala de entrevistas.
Shelton nos miró entrar, con esa media sonrisa enigmática
que sólo logró hacerme sentir aun mas avergonzado.
Todo bien? – preguntó, sin dirigirse a ninguno en especial.
Creo que sí – dijo el guardia dejándonos solos.
Tomé asiento, sin atreverme a mirar a Shelton a los ojos.
Te enseñó la verga? – preguntó sin darme un
minuto para recomponerme.
Quién? – pregunté sólo para ganar tiempo.
No te hagas el pendejo conmigo, abogadito – dijo Shelton incorporándose.
La vi apenas un par de segundos – dije colocándome las gafas,
fingiendo que no me importaba.
Y la tiene grande? – continuó implacable.
Yo que sé – exploté dejando los papeles en la mesa
y encarándolo.
Más grande que esta? – dijo Shelton sin alterarse con mi
estallido.
Separó las manos de su regazo. En mi ausencia, se había
abierto la bragueta, y ahora me mostraba su enorme y oscuro pene sin el
menor reparo. No pude evitar mirar la gruesa y monumental estaca de carne,
impúdicamente erecta, mostrándose orgullosa en su total
longitud. Era uno de esos penes que sólo se ven en las películas
pornográficas y que uno siempre piensa que no existen en la vida
real.
Aquello ya era imposible de aguantar. Tomé todos los papeles y
los amontoné en mi portafolio, decidido a marcharme. Toqué
la puerta nuevamente y mientras el guardia venía, Shelton me advirtió.
Olvidaste los anteojos, abogado.
Regresé a la mesa para tomarlos. Shelton apresó mi mano
y la llevó hasta su verga, obligándome a tocarla. La sentí
caliente y dura contra el dorso de mi mano. Traté de zafarme, pero
era mucho mas fuerte que yo. Finalmente me soltó.
Te espero dentro de tres días – dijo, y se abotonó
la bragueta sin dejar de sonreír.
Regresé a casa hecho un mar de confusiones. A ratos decidía
mandar todo al carajo y luego me arrepentía. Encontré un
mensaje de mi mujer en la contestadora. Decía que me extrañaba
y que me deseaba suerte con mi nuevo caso. No podía fallarle. Tomé
una ducha caliente. Al salir del baño me miré desnudo frente
al espejo. Al ver mi pene en el reflejo pensé en la verga de Shelton
y en la del guardia. Nunca antes me había sentido atraído
por los penes de otros hombres. Ahora hasta tenía una erección
con sólo recordarlos. Me masturbé con rabia, pero con infinito
placer, por mas que quisiera no reconocerlo.
Los tres días pasaron volando. La tercera visita y de nuevo recorrí
el camino hacia Los Álamos. El guardia me sonrió, cosa que
no había hecho en las visitas anteriores.
Debo revisarlo antes de la entrevista – me informó.
Porqué? – pregunté – ya lo hicieron antes de
llegar aquí.
Son las reglas, abogado – dijo simplemente, comenzando a palparme.
De pie, solos él y yo en la blanca sala, recorrió rápidamente
mi pecho y mis costillas. Mas abajo, sus manos se demoraron en la revisión.
Toqueteó mi trasero con total detenimiento, como si hubiera encontrado
un bulto sospechoso. Me mantuve en silencio, a pesar de sentir que la
cosa estaba ya pasándose de la raya. Me revisó los muslos
y subió hasta mi entrepierna. Me agarró los huevos y el
sexo, que reaccionó con el contacto.
Creo que es suficiente, no cree? – dije ya molesto.
Eso lo decido yo – dijo con tono autoritario.
Miré sus ojos claros y fríos. El bigote rubio parecía
sonreír, orgulloso del poder que ostentaba y no tuve mas remedio
que dejarlo continuar. Una mano en la bragueta y otra en mis nalgas. Los
minutos pasaban silenciosos.
Parece que todo esta en regla – dictaminó finalmente, y me
dejó solo, a la espera de Shelton.
Regresó con él en pocos minutos. Venían los dos sonriendo,
y me sentí mortificado al pensar que el guardia le había
contado sobre la forma en que me había revisado. Shelton se sentó
y no dijo nada hasta que estuvimos solos.
Continuemos con la entrevista – dijo, y de algún modo me
sentí decepcionado de que no hiciera ningún comentario.
Me habló entonces de Marilyn, la segunda mujer asesinada. Era rubia
y delgada. Los detalles de la relación parecían una copia
de la primera. Shelton se explayó en la descripción de la
ropa intima de la mujer.
Deberías de haberla visto – me explicaba – usaba unas
pequeñas tanguitas que apenas si le cubrían el chocho, dejando
asomar algunos pelos.
La vulgaridad del hombre logró hacerme sentir nuevamente incómodo,
aunque de algún modo me excitaba su excitación. Lo dejé
continuar, cada vez mas embelesado con su historia.
Me gustaba quitarle las bragas y olerlas – decía él
– porque el olor de su coño era delicioso.
De nuevo estaba sobándose la entrepierna. Me descubrí deseando
que continuara haciéndolo.
Tu mujer usa tanguitas? – preguntó con su acostumbrado y
sorpresivo estilo.
Sí – contesté sin sentirme molesto con la pregunta.
Y huelen rico? – continuó mientras se acariciaba.
No lo sé – confesé – nunca he olido su ropa
interior.
Pues deberías hacerlo, abogado – dijo bajándose el
cierre lentamente.
No se sacó la verga. Dejó simplemente que viera un negro
trozo de ella por la abertura de la cremallera abierta. Las venas del
tronco resaltaban en la piel oscura. Se movió en el asiento, de
modo que los pantalones y la bragueta abierta se corrieron mas hacia abajo,
dejando asomar esta vez las bolas de sus huevos. Negros y cubiertos de
apretados rizos oscuros.
Tienen tanta leche ya – dijo acariciándose los gordos testículos.
Asentí en silencio. No sabía que otra cosa hacer.
Me imagino que los tuyos no – continuó sin dejar de acariciarse
las oscuras bolas – porque te has de coger diario a tu mujercita.
No – contesté – ella no esta. Lleva mas de una semana
fuera. Se fue de viaje.
Entonces has de estar tan caliente como yo – dijo sobándose
ahora el bulto de su verga erecta.
Sí – confesé casi en trance.
Déjame ver qué tan caliente – pidió con esa
voz ronca y masculina.
Me puse de pie. En realidad ni yo mismo podría explicar porqué.
Me bajé la cremallera. Metí la mano en el hueco abierto
y me acaricié el pene sin sacármelo.
Lo tienes duro? – preguntó con la vista fija en mi cara,
no en lo que hacía mi mano mas abajo.
Sí – contesté a media voz.
Guardia! – gritó de repente.
Me acomodé los pantalones a toda prisa. El guardia entró
poco después.
El baño otra vez? – dijo el rubio bigote al entrar.
No supe como ocultar mi profunda excitación. Lo seguí con
tal de no tener que explicarlo. Los espejos del baño me devolvieron
mi propia imagen. Casi no me reconocí. La mirada vidriosa, el aliento
agitado y el guardia sacándose la verga frente al urinal, descarado
frente a mis ojos. Comenzó a masturbarse. La mano iba y venía
sobre aquel pedazo de carne dura y tensa. No hice otra cosa que mirarlo
y resoplar de excitación.
Ven aquí – dijo tomando mi mano y llevándola hasta
su pene.
Lo tomé con mi mano y comencé a seguir el movimiento que
la suya me señalaba. El prepucio cubría y descubría
el glande. Los ojos claros ahora cerrados, concentrados en el goce que
mi mano le estaba proporcionando. Se vino poco después, manchando
de semen los adoquines del piso. Regresamos con Shelton.
Creo que hemos terminado por hoy – me dijo, y me sentí inexplicablemente
decepcionado.
De acuerdo – acepté recogiendo los papeles – lo veré
la próxima semana.
Quiero que me traigas una cosa – dijo antes de que llegara el guardia.
Qué? – pegunté, pensando en cigarrillos, libros o
algo por el estilo.
Unas bragas de tu esposa – dijo llanamente – usadas y sin
lavar.
Salí de allí. Necesitaba aire. Necesitaba calmarme. La verga
me dolía, tensa y congestionada, pero no me detuve hasta llegar
a mi casa. Automáticamente busqué en la pila de ropa sucia.
Allí estaba la ultima muda de ropa sin lavar. Mía y de mi
mujer. Tomé la ropa interior de ambos, oliendo mi propio olor y
el de ella. Mis sentidos parecían estallar, pero me di una ducha
fría y me resistí a dejarme atrapar por el monstruo del
deseo.
En realidad sólo logre aplazarlo. En la siguiente visita, la ropa
interior iba dentro del portafolio. El guardia ni cuenta se dio. Estuvo
más pendiente de meterme mano que de revisar mis papeles. Esta
vez no se demoró en mi pecho y mis costillas. Me agarró
las nalgas sin mayor disimulo y me excité inmediatamente al sentir
su contacto. Definitivamente muchas cosas habían cambiado. Ahora
aquellas manos sobando todo mi cuerpo por encima de la ropa no hacían
sino excitarme y lo dejé continuar hasta que ambos, ya jadeantes,
tuvimos que suspender la revisión porque estaba ya demorándose
demasiado.
Cuando Shelton llegó no me pidió la prenda íntima
de mi mujer. En vez de eso comenzó a relatarme sobre Laura, su
tercer victima.
En realidad no era Laura – me aclaró – no sé
como se llamaría antes de la operación, pero cuando la conocí
ese era su nombre.
Cuál operación? – pregunté tomando nota de
ese importante dato.
Con la que le mocharon el pito – dijo con su habitual tranquilidad.
Dejé la pluma sobre la mesa. Me contó la historia con Laura
y el morbo que sentía por penetrar su vagina, creada por la habilidosa
pericia de un cirujano.
De cualquier forma – continuó – también me gustaba
mucho darle por el culo, y creo que a ella también, o a él,
que da lo mismo. Un culo es un culo, da igual si es de macho que de hembra
– terminó.
Si usted lo dice – comenté nada mas por decir algo.
De nuevo estaba excitado, y yo también. Se acariciaba la verga
y me miraba.
Te acordaste de mi encargo? – preguntó sobándose despacio
la gruesa tranca sobre los pantalones.
Saqué el paquetito con la ropa interior. Las braguitas blancas
quedaron entre ambos, sobre la mesa. Shelton las tomó y se las
llevo inmediatamente a la nariz. Aspiró con fuerza, y yo con él.
Me miraba fijamente.
Sácame la verga de los pantalones – ordenó.
Me hinqué entre sus piernas abiertas sin pensarlo. No quería
pensar, sólo actuar sin detenerme a analizar nada. Desabotoné
sus pantalones y liberé su grueso y moreno pene. De inmediato llevó
las bragas hasta su erección y se acarició con ellas. La
blanca y sedosa tela resbalando por la carne oscura y tensa. El olor del
macho mezclándose con el delicado perfume de la prenda.
Ahora huélela tó – me dijo.
Tomé la prenda y la olí. Ahora, el penetrante aroma de su
verga opacaba el del coño de mi mujer, pero la mezcla era doblemente
excitante. Me tomó por los cabellos y me jaló hacia el monumento
erguido. Pude olerlo ahora en vivo. Un olor salvaje, casi animal. No necesitó
pedírmelo, posé los labios sobre la jugosa y gorda cabeza.
Shelton suspiró de placer. Lamí el tronco, hacia abajo,
a todo lo largo de su hinchado miembro, reconociendo su sabor, su textura
y su tamaño.
Déjame oler ahora tus calzones – pidió.
Saqué mi ropa interior del portafolios.
Esos no – dijo – los que traes puestos ahora.
Me puse de pie como un autómata. Me quité los pantalones
y sin dudarlo me quité el slip. Desnudo de cintura para abajo se
los entregué. Apenas si los olió. En realidad quería
otra cosa, pues me dio la vuelta sin mas explicaciones y me recostó
sobre la mesa. Aplasté los anteojos y las anotaciones del caso.
No me importó. Sus manos negras sobre mis blancas nalgas. Su lengua
caliente lamiendo la temblorosa carne de mis glúteos.
Un culo es un culo – murmuró a mis espaldas y le di toda
la razón.
Me abrió las nalgas con sus manos esposadas, amañándose
de todas formas para meter su cara entre ellas. Su lengua aleteó
en mi ano, imperiosa y demandante. Gemí al sentir íntimo
contacto de su boca en mi culo. Jamás había conocido una
sensación semejante. Su lengua humedecía por completo la
raja entre mis nalgas, dejando mi culo mojado y sensible. Cada lenguetazo
eran olas de placer corriendo por mi espalda.
Abogado, abogado – me dijo – te voy a reventar el culo a vergazos.
Y lo haría. Estaba seguro de que lo haría, y aun así
no me importó. Permanecí en aquella sumisa posición,
como seguramente lo hicieron en su momento Susie, Marilyn y Laura, aunque
ellas con un trágico final. Aferrado al borde de la mesa como se
aferra uno al borde de un precipicio. Asomándome al peligro, consciente
de caer en cualquier momento pero deseando vivir la experiencia de todos
modos.
Shelton se puso de pie, y sabía bien lo que eso significaba, que
me rompería el culo a vergazos como ya me había advertido.
La cabeza de su pene se acomodó entre mis glúteos, subiendo
y bajando, recorriendo la raja que los dividía y acariciando con
el glande pegajoso mi ano, resbaladizo y tierno con tanta humedad. Presionó
encontrando mi natural resistencia, pero no tanta como para impedir que
finalmente me penetrara. Tan sólo la cabeza y dolía como
el miedo. Miedo de que continuara, miedo de que se detuviera, y en el
compás de espera, la agonía era placer y el placer era agonía.
Me aferré al acantilado, con dedos tensos y gesto desesperado.
El resto de la verga entró en mi cuerpo, tan lentamente que empecé
a rogar porque estuviera dentro completamente y terminara de una buena
vez su dolorosa invasión.
Guardia! – gritó como tantas otras veces, con la diferencia
que esta vez yo no podía moverme ni escapar.
El guardia llegó mucho más rápido de lo esperado.
El bigote sediento ya de anticipación.
Te dije que me lo encularía – le dijo Shelton con la verga
firmemente enterrada en mi cuerpo.
Y nunca te equivocas, desgraciado – contestó el guardia
sobándose el gordo bulto de la entrepierna, dando vueltas por todos
lados, atisbando entre mis piernas, desde arriba, desde abajo, maravillado
con las blancas nalgas del abogado traspasadas por el negro arpón
del presidiario.
El guardia se abrió la cremallera. La verga ya dura y preparada.
Mi boca a su entera disposición mientras atrás el fierro
candente comenzaba a moverse lentamente, llevándose consigo mis
entrañas. Gemidos apagados, no supe si míos, de Shelton
o del guardia, o de todos juntos a la vez. Una vorágine de sensaciones.
Un cúmulo de cosas que separadas eran fantásticas, pero
que juntas eran una locura que definitivamente yo no sabía manejar.
Me perdí allí mismo. Deje de ser el abogado. Era un animal
arponeado y destripado que sólo quería mamar y ser cogido.
Los brutos se embrutecieron todavía mas, como los chacales al olfatear
la presa herida. Me daban vueltas en la mesa, me subían, me bajaban,
intercambiaban las posiciones, perforándome, sometiéndome,
usándome sin la menor consideración, y a pesar de todo,
en el fondo de todo, voluntariamente participé de todo.
Probablemente esta certeza fue la que me permitió aguantar hasta
el final. Resistir hasta tener el semen de Shelton escurriendo entre mis
muslos, y el del guardia resbalando por mi garganta.
Quieres que te la mame? – preguntó el guardia viendo mi erección.
No – contesté comenzando a vestirme.
El calzón me lo arrebató Shelton antes de poder ponérmelo.
De recuerdo – dijo simplemente.
Recuerdos los míos, pensé para mis adentros poniéndome
los pantalones sin ropa interior, dolorosamente consciente del roce de
mi verga excitada contra la tela. Salí despeinado y sucio. No me
importaron las miradas curiosas de los demás guardias en el largo
trayecto hacia la salida. Me cubría la entrepierna con el portafolio,
o de lo contrario cualquiera de ellos hubiera notado la forma en que mi
pene elevaba la entrepierna como una tienda de campaña. Llegué
hasta el coche y comencé el descenso de Los Álamos. Mi mente
aun llena de imágenes, mi cuerpo aun temblando de deseo. Tuve que
frenar a medio camino.
El bosque solitario y el hambre del deseo quemándome por dentro.
Me interné unos pocos metros, todo eran ramas, arbustos y el aire
limpio y fresco de la tarde. Me quité la corbata, el saco y todo
lo que me estorbaba. Las hojas secas crujieron bajo mi piel desnuda. Mis
manos olían a semen, las puntas de los pezones erectas al contacto
con el aire y los recuerdos. Comencé a masturbarme antes de que
pudiera olvidar las enervantes sensaciones que acababa de experimentar,
revolcándome en el penetrante aroma de los pinos mientras exudaba
mi prohibido placer en el silencioso bosque.
En casa, de nuevo controlado, decidí que aquello no podía
volver a repetirse. Mi relación con Shelton sería en adelante
estrictamente la de cualquier cliente y abogado. Nada de sexo ni situaciones
que no pudiera controlar.
Armado con esa decisión traté de poner algo de orden en
el caos que eran ahora mis notas y papeles. Comencé a apilarlos
y clasificarlos nuevamente. Una gruesa gota de semen humedecía
uno de ellos. Sin pensarlo lo llevé hasta mi nariz, y como en un
trance saqué la lengua y lo lamí. De inmediato volví
a sentir la dolorosa presión del deseo.
Aun faltaban tres días para la entrevista. No sabía como
iba a poder soportarlo.
Animate a que
miles de personas conozcan tus relatos...
Enviame
un mail
con tu relato erotico y lo
publicaré aquí.
|